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Y el rayo impactó contra el hielo [Privado] 2WJvCGs


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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Y el rayo impactó contra el hielo [Privado]

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Mensaje por Maëva Xhurdebise Sáb Nov 12, 2022 9:59 pm

"Truena y relampaguea, de pura impotencia
Truena y relampaguea, porque he de perderlo todo.
Todo mi espíritu, todo mi ser,
Por esperarte a ti sin nada que hacer."
Maëva Xhurdebise


Los cinco días de espera finalmente llegaban a su fin, aunque a Maëva le parecían interminables.

Cualquier hubiera apostado que esquivar a otra persona en una gran mansión como la de su patrón era tarea fácil. Más aún con el empeño que le había puesto la sirvienta, despertándose antes del alba para finalizar la mayor parte de las tarea del día y encerrándose en su cuarto durante los segmentos en los que el duque prefería comer. Pero hay una parte de cohabitar un sitio que la mayoría pasa por alto, y es que no importa que no se cruce palabra ni que se rehuya respirar en el mismo cuarto, la vida va dejando huella. No había manera de librarse de la fogasa reacción de los perros cuando recibían a su amo, ni de la posición en que dejaba su silla cuando se retiraba del comedor, ni las notas de cedro y bergamota que desprendía su ropa en el cuarto de lavar.

Estaba en todas partes. Rémy jamás sería un fantasma. No para ella. Y le pesaba con mil diablos que no lo fuera. Tanto así que, en lugar de mantener la flor de loto que él le había entregado sobre una superficie visible como su velador, la tenía guardada dentro de una caja de madera que antes usaba para almacenar hilos y botones. Si llegaba a marchitarse, y todo apuntaba a que lo haría, aquella dolorosa imagen quedaría anclada en su memoria como una astilla. Ya tenía suficiente con su propia carga. No más.

«Unas cuantas horas de espera y todo habrá acabado», se repetía Maëva mientras descolgaba la ropa del tendedero. Estaba casi anocheciendo, pero así y todo se notaba que la angustia estaba absorbiendo la vitalidad de su rostro.

Oyó el prematuro cacareo de las gallinas en el corral. Una ventisca sacudió las últimas prendas que le faltaban por poner en el canasto.

¿Y ahora qué más? — preguntó la joven, irritada.

Miró hacia arriba y descubrió que las nubes estaban bajas y pesadas. Se sintió palidecer. Su frecuencia cardíaca se incrementó.

Sin importarle el desorden, Maëva se apresuró en su labor e ingresó a la casa corriendo. Dejó el canasto en el cuarto de ropa y cruzó rauda los pasillos hasta alcanzar su habitación. Cerró las ventanas y corrió las cortinas. Su pecho subía y bajaba visiblemente.

Sólo será un goteo. No hay de qué preocuparse — dijo para su sosiego, pasando a abrazarse a sí misma y a caminar en círculos por la estancia.

No temía a la lluvia en sí, pero sí a que se abriese el cielo y azotara la tierra. ¡Esas bestias blancas!

Pasaron los minutos y se oyeron las primeras gotas impactando contra el suelo. Intuyendo que sería mejor intentar dormir para evitar el mal tiempo, Maëva se trenzó el cabello, se puso su camisón de dormir y se metió bajo las sábanas. No llevaba ni diez minutos con los ojos cerrados cuando un destello infernal iluminó su cuarto.

La joven se sentó de golpe inyectada por la adrenalina. Clavó los dedos en las sábanas y aguardó.

No puede ser — susurró casi sin aire.

Entonces se hizo presente el ruido que más la aterraba en el mundo: los truenos. Chilló agudo, cerrando los ojos con fuerza y cubriéndose los oídos con ambas manos. Tenía que ser hoy, precisamente este día inclemente.

¡Ya basta! ¡¿Qué es lo que quieres de mí?! — vociferó a la inmensidad. Dios la odiaba y se estaba mofando de ella.

Al poco tiempo, otro relámpago la cegó, pero esta vez fue mucho más intenso. Los rayos se estaban acercando y eso le dio pavor. Cobijarse en la cama no era suficiente. Frenéticamente, Maëva saltó del colchón y se encerró en el armario. No tardó en adoptar una posición fetal. El aire le faltaba, sus manos sudaban, no lograba mantener un pensamiento coherente. Empezó a sollozar, sintiendo el mismo desamparo que experimentó esa fatídica noche en que su mente de niña entendió que estaba sola. Que las únicas personas en el mundo para las que había significado algo, sus supuestos padres, estaban bajo tierra.

Su espalda dio contra un objeto sólido que la hizo incomodar. Al tomarlo entre sus manos, supo inmediato de qué se trataba: era la caja en donde guardaba aquella flor. Maëva sonrió con tristeza, apretó la caja contra su pecho y rogó a Dios que, si era su voluntad despojarla de su última esperanza, la arrancase fuerte y de raíz.


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Mensaje por Rémy Fauré Dom Nov 20, 2022 6:39 am



Como Aníbal que cruzó los Alpes a lomo de elefante, Rémy había conseguido realizar una tarea que parecía imposible.

Jamás se había permitido sentir esperanza, no desde la muerte de su familia, era más fácil de ese modo; aunque lo que creía pragmatismo no era más que nihilismo. Desacostumbrado a la calidez que produce albergar esperanza, a Rémy le urgió llegar a casa y así se lo hizo saber a su cochero. Las primeras gotas, gruesas y cuajadas, cayeron del cielo.

La tormenta se desató a mitad de camino. Y aunque su cochero le recomendó esperar un poco, Rémy se negó, queriendo llegar a su casa cuanto antes, ni siquiera pensaba demasiado en la flor, su necesidad nacía de un lugar más primitivo en su interior, era puro instinto de supervivencia: agarrarse con fuerza a la única tabla que queda del naufragio.

Corrió la distancia del carruaje a la casa, cubriéndose la cabeza con su abrigo, aunque de todos modos terminó empapado y es que para entonces la lluvia era un chaparrón. Sus pisadas levantaron agua y sus finos zapatos de cuero no fueron suficiente para mantener sus pies secos.

Fue recibido por el calor del interior de su hogar, aunque carecía de la tibieza de una chimenea, lo que indicaba que Maëva no la había encendido para buscar calor. Rémy entonces cayó en cuenta de lo que continuaba para él esa noche. ¿La chica se había ido a dormir o simplemente ya no estaba en la casa? Las gotas de lluvia se deslizaron por el cabello y las curvaturas de su rostro, a lo largo de sus pestañas y cuando parpadeó, cayeron por su mejillas como lágrimas.

Dejando un rastro de agua a su paso, Rémy comenzó a recorrer la casa, en silencio, mirando al interior de salas y salones a oscuras, iluminados sólo a veces por los rayos de la tormenta. Pero el duque estaba acostumbrado a moverse en la penumbra, así había sido siempre, en ese tiempo que, internamente, él llamaba «antes de Maëva».

Cuando no encontró nada, el corazón le dio un vuelco y fue un doloroso recordatorio de que aún poseía uno dentro de su pecho, por más que quisiera hacer creer al mundo que no era así. Desde luego, la primera habitación que visitó fue la de ella, tocó a la puerta pero cualquier ruido era acallado por el aguacero. Se atrevió a abrir, miró hacia dentro, donde la cama de la muchacha estaba vacía, aunque estaba destendida también. Entró aunque ya no supo qué hacer después.

Un nuevo rayo y un nuevo trueno, apenas una fracción de segundo entre uno y el otro, era casi como si hubiera caído ahí mismo en la habitación, junto a él. Cuando el cuarto se iluminó de blanco intenso, Rémy se giró hacia la puerta del armario, sólo para acercarse y abrirla.

Ahí la encontró hecha un ovillo y se apresuró a acuclillarse. La tomó por un hombro pero sólo eso, no quería dar la impresión de que violaba su espacio personal aprovechándose de su vulnerabilidad.

Maëva. Aquí estoy. Estás bien…, estarás bien —le aseguro con voz suave, aunque al amparo del armario, era fácil escucharse aun cuando sólo se susurrara—. Aquí estoy —le repitió y tomó asiento para luego cerrar la puerta del clóset, con ellos dos adentro.

Rémy conjuró una luz en la palma de su mano, un fuego fatuo de color azul y que no producía calor, con un brillo tenue que no lastimaba a la vista y que daba una sensación de intimidad.


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Mensaje por Maëva Xhurdebise Jue Nov 24, 2022 10:08 pm

El pánico estaba subiendo a través de ella como una marea. Su acelerado ritmo cardíaco la estaba enfermando. Cobijaba un pájaro revoloteando enjaulado dentro de su pecho, golpeándose hasta morir mientras intentaba escapar.

Estaba a punto de desmayarse cuando repentinamente oyó su nombre, y fue igual de desconcertante como los dedos que se posaron sobre uno de sus hombros. Estaba tan inmersa en esta bruma de pavor que no logró identificar a quien ahora cerraba la puerta del armario.

¿Quién es?... ¿quién?... — tartamudeó aterrorizada y con la mirada perdida, sin ver nada.

Otro trueno se oyó en el exterior. Maëva se tapó la boca con una mano y trató de no hiperventilar. El terror se estaba hundiendo en ella como si una criatura hubiera deslizado sus garras en su espalda para arrastrarse por su columna vertebral y desgarrarla hasta la médula. Se sentía como si todos sus músculos, nervios y huesos estuvieran expuestos ante el aire húmedo de la tormenta. Se estaba muriendo.

Una luz aguda se encendió de repente; esta vez no se trató de ningún rayo. Maëva levantó la mirada y su alma quedó pendiendo de un hilo con lo que descubrió.

¿Rémy? — susurró apenas, como si estuviera viendo un fantasma.

No podía creerlo. Era impensable que él estuviese ahí, en su cuarto, en el reducido espacio de su armario, junto a ella. Jamás se hubiese atrevido, y menos después de su última conversación. Debía estar delirando, sí. Estaba experimentando una visión producto de su fobia. Su cabeza le estaba mostrando lo que su corazón anhelaba ver, aunque dicho anhelo no tuviera razón de ser y le hiciese cometer tonterías.

Para comprobar que lo que tenía enfrente no era más que una fantasía, Maëva extendió su mano tambaleante hacia delante hasta quedar a menos de un centímetro del rostro de su amo. Titubeó, tragó saliva y, finalmente, dos de sus dedos hicieron contacto con su piel, justo al costado de su cicatriz. Y fue entonces que sintió el pulso de su sangre. Era real.

Su boca se secó.

¡Usted! — exclamó sorprendida, volviéndose a alejar e intentando arrimar su espalda a la pared del mueble aún más.

Fue consciente del sitio en el que estaba, de las emociones desbordadas que mostraba, de las ropas que usaba, de con quién estaba. Rápidamente se limpió el rostro con la manga de su camisón, ocultó la caja en su regazo lo mejor que pudo, y tomó un respiro lento y profundo. Tenía que tranquilizarse. Nadie debía verla así, ¡en especial él!

Estoy bien. No pasa nada. Sólo estaba… — buscó una explicación lo más rápido que pudo, queriendo demostrarle a Rémy a toda costa que no le temía a nada —. No podía dormir, ¡es todo!

No era la mejor de sus excusas, pero tendría que bastar. Necesitaba cambiar el rumbo de esta conversación, o acabaría delatándose. Se concentró en lo obvio.

¿Qué cree que hace usted aquí? ¡Váyase! ¡Salga! Le dije que… — ahogó su voz cuando, de pronto, cayó en cuenta de lo obvio.

El duque tenía un evento esa noche. Uno importante. No daba para que volviera tan temprano, y menos en medio de una tormenta. Hubiera sido recomendable, incluso, que hubiera vuelto a su residencia al día siguiente.

Pero si estaba con ella ahora, eso significaba que…

Ha venido a despedirse, ¿cierto?


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Mensaje por Rémy Fauré Sáb Dic 24, 2022 5:59 am



Todo lo acontecido en las últimas cuatro o cinco horas aún eran un borrón. Quería desmenuzar aquello poco a poco y con calma, pero calma era lo que menos tenía al ver a Maëva así.

No sabía que te daban miedo las tormentas —comentó, fue como una reflexión para sí mismo, porque eran esas cosas, precisamente, lo que hacían que la chica resultara tan entrañable. Pensó en otras noches de tormenta en las que cada uno estuvo en su habitación, como patrón y empleada, y que ella tuvo que sortear sola. Pero cómo iba a saber él que ella estaba a algunas puertas de distancia necesitando de su compañía.

No volvió a intentar tocarla una vez que se alejó, pero tampoco se movió, desde luego. La flama en su mano, como una daga que danza de manera caprichosa, le iluminó el rostro. Se veía genuinamente agotado y es que hacer lo que había hecho no era una tarea cualquiera. Todavía tenía que pensar qué iba a hacer ahora que su casa real estaba manchada para siempre, sólo que no ahora, ahora sólo quería dormir y si era con Maëva, mejor.

¿No has abierto la caja? —preguntó sorprendido. Rio como si se tratara de un chiste, un sonido extraño viniendo de su boca, una risa que sale con trabajos porque no se usa con frecuencia—. Hazlo —le pidió.

Con suavidad movió la mano que los estaba iluminando y depositó la fuente de luz encima de ellos como un candelabro fantasma.

Se atrevió a estirarse hasta ella y tomarla de las manos para que dejara de apretar la caja contra su pecho, sólo que él no iba a destapar el secreto y ver si la flor estaba viva o muerta. Él sabía que estaba viva y para muchos esa sería una victoria pírrica, a Rémy no le importaba, no que no supiera de las dificultades que iba a enfrentar de ahora en adelante, sólo que incluso lo prefería así. Si fuera un poco menos complicado, él no tenía reparos en irse a vivir a Rambouillet donde nadie lo conociera, no aprendería a cultivar ni a lidiar con ganado, pero podía hacer un pequeño ejército de sirvientes zombi.

Sólo que no era tan fácil; como fuese, la casa de Orléans seguía siendo pieza clave en el tablero de ajedrez que era Europa, una pieza importante, quizá Rémy jamás volvería a ver su esplendor, pero estaba seguro que en el futuro, un descendiente volvería a darle gloria, ¿un descendiente suyo? ¿Un hijo suyo? Miró a Maëva luego de haber concentrado su atención en la caja.

Ábrela y dime qué ves —continuó luego de un rato de silencio y se hizo para atrás, rompiendo el contacto entre ambos. Atento y agotado.

Tragó saliva que le supo amarga. Esperando. Esperando. Porque no todo estaba ganado, no todavía, ella podía hacerle perder la guerra a pesar de haber ganado todas las batallas. Rémy sintió que sí, que mañana sería capaz de lidiar con lo que había sucedido esa noche luego del rompimiento de su compromiso, pero sólo si tenía a Maëva a su lado.


Última edición por Rémy Fauré el Mar Dic 27, 2022 12:24 am, editado 1 vez


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Mensaje por Maëva Xhurdebise Lun Dic 26, 2022 11:40 pm

Negó con la cabeza en un arduo ademán de convencerlo tanto a él como a sí misma de que no le temía a nada, menos a las tempestades, como una cría de cinco años. Era una mujer y se comportaría como una.

Se equivoca. Yo no… — su voz se apagó con el cruce de las manos de Rémy al tiempo que tomaba la caja.

No luchó. No se sentía suficientemente fuerte para combatirle. ¿Combatirle con qué? Estaba desarmada por dentro y por fuera. Sus únicas cartas, a estas alturas, eran sus heridas. Su determinación a no dejarse caer por impulsos egoístas, a no perder la razón, a no dejarse pisotear aunque estuviese en el suelo.

Mordiendo el interior de su mejilla para mantener su fobia en línea, Maëva ubicó su mano derecha sobre la tapa de la caja para hacerle frente a la petición de Rémy, la cual ella tomó como un desafío. Sus dedos temblaban; apenas le obedecían.

¿Cree que no me atrevería? — preguntó con una altivez que no se condijo con su lenguaje corporal —. No tiene idea de lo que puedo hacer.

La joven tomó un respiro profundo e indagó en la mirada de Rémy.

Si la hacía abrir la caja sólo para grabar en su mente la imagen de una flor muerta, no se lo perdonaría. La gente podía esparcir miles de rumores sobre el Duque de Orleáns, la mitad falsos y la otra mitad exagerados. “Cruel” era el calificativo que más se repetía. No obstante, Maëva se rehusaba a creerlo. No era lo que había visto de él. Veía a un hombre dispuesto a pelear con garras y dientes para que nadie se diese cuenta de lo herido que estaba, para que no terminaran de derribarlo. ¿Acaso ella no hacía lo mismo?

Decidida, sin apartar la vista y con el corazón palpitante, Maëva levantó la tapa.

Se sintió elevar y caer en un mismo breve intervalo.

No hizo falta que viese el interior de la caja; la luz en su interior irradió en el armario. Entonces ella bajó la vista y sonrió, pero su sonrisa, aunque tierna, fue agónica. Casi no pudo creerlo; tuvo que tomar la flor de loto con sus manos para convencerse de que era real. Allí estaba la esperanza que añoraba a pesar de su voluntad, correspondiéndole en sus ilusiones. La dicha que la acometió fue fulminante, inexplicable, tanto que empezó a reír sin aire.

Está viva — dijo con voz disminuida y una dulzura impensable en ella —. Esto es… es decir… por Dios, Rémy. ¿Qué disparate acaba de cometer? ¿Por…?

Su pregunta murió en el instante en que el estruendo sordo de un trueno retumbó en sus oídos.

De golpe y sin pensar, Maëva se arrojó de lleno a los brazos de Rémy, ocultó el rostro en su pecho y se sintió desfallecer en dulce avidez. Qué aplastante fue el reencuentro con su calor, con la firmeza de su torso, con su olor envolvente. Sin el maldito armazón de su corset interponiéndose entre los dos, pudo percibir el doble de lo que captó la primera vez que lo tuvo así de cerca. Fue capaz de oír nacer y morir su corazón. Maldito íntimo bienestar que sólo él le podía dar. Era como si, por fin, sus sentidos tuvieran razón de ser. Los rayos y la lluvia podían azotar contra la ventana hasta el alba, no conseguirían disminuir en la habitación un solo grado de temperatura.

Por primera vez en sus diecinueve años, Maëva experimentaba lo que era que honrasen su confianza. Increíblemente, Rémy había cumplido. Estaba libre de la promesa que lo haría pertenecer a otra mujer. Sólo por eso pagaría un alto precio. No quería ni imaginarse cuánto odio se había echado encima con ese simple acto. Tal vez era sabio conformarse con esto: un abrazo ciego, hacerse compañía en clandestinidad. Ninguna moza en su situación osaría pedir nada más.

Entonces puedo decirle esto — dijo buscando los ojos de Rémy a través de sus pestañas.

Aquí venía su atrevimiento. Antes de que la tormenta consumiera lo que le quedaba de osadía, diría lo que por ningún motivo debía decir.

Me advirtieron tanto que me cuidara de ti, que eras un misántropo intratable. Dijeron que sería peligroso estar sola contigo, y lo es, pero no por lo que dicen. Debería cuidarme de ti, pero no por lo que piensas. Te he escuchado llamarte a ti mismo un monstruo, marcado y condenado como un leviatán. Pero tú, Rémy, has hecho que me de cuenta de algo — suspiró buscando el rostro de su amo con el propio. Estrechó tanto la distancia entre ambos que sus labios rozaron los ajenos y las puntas de sus narices quedaron en contacto. Maëva no sentía miedo de él. Sentía miedo por él —. Eres peor que un monstruo; eres el hombre que quiero para mí y sólo para mí, aunque no hayas nacido para alguien como yo.

Al diablo el conformismo.

Lo quería todo; las llagas, los enemigos, el desprecio, las ansias y las carencias.

Lo quería a él en todas las formas en las que se podía querer a alguien.


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Mensaje por Rémy Fauré Miér Ene 25, 2023 3:43 am



En el antiguo Egipto, el loto blanco significaba renacimiento, Rémy no reflexionó mucho a la hora de crear el hechizo con un loto y no con cualquier otra flor; un hechizo, que por cierto, no era nada sencillo y que sólo hechiceros de mayor edad solían capaces de hacer, aunque en ese momento lo hiciera lucir tan sencillo.

Hacer bailar el cadáver de una rata no significaba ningún precio emocional, pero la magia solía alimentarse de todo lo que era un hechicero, energía, carne, emociones; crear el loto fue costoso, fue doloroso, tuvo que pagar un precio alto, consecuencias que Maëva nunca vio después, en parte porque ambos se estaba evitando y en parte porque Rémy no lo había permitido.

Apenas iba a responder cuando recibió a la chica en sus brazos, ambos ahí apretujados en el armario. Rémy se dio cuenta que había estado necesitando esto desde hace tiempo: la cercanía. No tardó en abrazarla también, para protegerla de la tormenta que en realidad no significaba una amenaza, excepto para los fantasmas de Maëva. Rémy quiso saber cuáles eran y exorcizarlos.

Cerró los ojos al sentir el aliento ajeno tan cerca de su rostro. Aguantó la respiración y escuchó con atención. No tuvo nada para responder, no supo cómo, las palabras le fallaron, sobre todo porque Maëva parecía ser la única persona que veía algo bueno en él.

Aguantó un segundo más y antes de dejarla irse, la besó con urgencia y movimientos torpes, porque Rémy no tenía mucha experiencia al respecto, pero no había duda del anhelo y la ternura con la que lo hizo, a pesar de las deficiencias técnicas. Carraspeó cuando se separó.

Lo siento —le dijo aunque en el fondo quisiera hacerlo de nuevo. Otra vez cerró los ojos, pero sólo para evitar a la chica y sonrió con nerviosismo—. Es sólo que… había querido hacer eso por mucho tiempo —confesó y la miró de nuevo, lleno de algo parecido a la esperanza.

No sé cómo, pero vamos a lograrlo, ¿de acuerdo? —prometió—. Juntos —esta vez sonó más a una petición, le pedía navegar a través de la tormenta a su lado, tarde o temprano encontrarán el Caribe, una isla para ellos dos solos, tranquila al fin; serían recompensados por su valor.

Rémy sabía que estaba listo para esto, de algún modo, sentía que siempre lo había estado, que siempre terminaría por desprestigiar a la Casa de Orleans. Ya bastante lo hacía cuando se trataba de un ermitaño, no obstante, de todos modos estaba comprometido con otra noble y eso lo disculpaba, ahora no había nada de eso, estaba desterrado y se alegraba.

No quería que Maëva sintiera que lo había hecho renunciar a un brillante futuro, por lo que a él concernía, no había peor destino que ese, el de ser el peón de algunos otros nobles más interesados en política y poder. Rémy sólo estaba interesado en vengar a su familia y una vez que lo hizo, su vida perdió el sentido… hasta ahora.


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Mensaje por Maëva Xhurdebise Ayer a las 10:06 pm

Los labios de Rémy se cerraron sobre ella, borrando el abismo. Su beso fue voraz y genuino, llamas de brasa en un invierno muy frío. Tanto añoraba Maëva esta intimidad, este vínculo irresistible, que se sintió sola cuando sus bocas se despegaron.

Fue conmovedor oirlo disculparse. Rémy no solo la quería; la respetaba. Pero lo único que ella lamentaba era que no se hubiese sobrepasado antes.

Así que volvió a buscar su boca, ahogando un suspiro de gozo en el trayecto. Tomó al duque del rostro, le entreabrió los labios con el pulgar, y le devolvió el beso apasionadamente, como si este fuese su último regalo antes despertar sola en su cama.

Se tomó su tiempo para separarse, dándole una caricia al mentón principesco antes de hablar.

Si pretendes que deje de tratarte de usted, vas a tener que dejar de contenerte conmigo. Quiero que me digas todo cuanto desees o desprecies. Y si no logras decirlo, muéstrame. ¿Tenemos un trato?

Tenemos.

Juntos.

Ya no lo tuyo y lo mío.

Asintió con tranquilidad, a pesar del caos imperante en el exterior. Ninguna tempestad se compararía con las repercusiones de la sociedad.

Maëva estaba consciente de que, una vez que este romance saliera por completo a la luz, difícilmente podría aventurarse en las calles sin recibir insultos o amenazas. La apuntarían como la ramera culpable de entrometerse en un compromiso que, de haberse concretado, hubiese colmado de dicha a los ilusionados parisinos. Aun así, no sufriría ni la cuarta parte de lo que Rémy perdería, así que lo aceptaba de buena gana.

Cerrando los ojos, Maëva apoyó su cabeza contra el pecho de Rémy y respiró con profundidad, permitiendo que su aroma la apaciguase. Confiaba en él, en esta proeza que le prometía llevar a cabo a su lado. Pero para merecer tal esfuerzo, ella sintió que había llegado el momento de desnudar esa parte de su historia que más le dolía.

Rémy, hay algo que no le he contado a nadie y que debes saber — dijo pensativa, alzando la flor de loto en la palma de su mano derecha —. Cuando era niña y vivía en el convento, pensaba que mis padres estaban de viaje y que vendrían a buscarme al atardecer. Todos los días los esperaba en el portón; no obedecía cuando me mandaban a rezar. Las hermanas me dijeron que mis padres estaban con Dios y yo las traté de mentirosas, incluyendo a la Madre Superiora. No quería aceptar que era huérfana. Creo que le di una patada a la monja que trató de apartarme de la entrada. Por supuesto que no me la llevé gratis. Me castigaron con confinamiento solitario. Pasé un mes aislada en ese cuarto de porquería, hasta que una noche llegó… la tormenta, y esas bestias blancas que hasta el día de hoy no me quieren dejar dormir. Hice lo que no volveré a hacer jamás: supliqué. ¡Qué no les grité para que me dejaran salir! Igual me ignoraron. Sólo abrieron la puerta cuando les admití que mis padres estaban muertos.

Tragó saliva y apretó los puños con el retumbar de los truenos. ¡No dejaría que se impusieran esta vez!

Pero todo lo que pasé fue en vano. Justo antes de venir a trabajar aquí, en una noche tormentosa como esta, me enteré de la mentira. Quienes están muertos, a los que creía mis padres, son en realidad mis tíos. Sylvestre y Noémie eran sus nombres. Ellos me reconocieron como suya, para evitarle a mi madre la deshonra de tener una hija fuera del matrimonio y a mí el estigma de ser bastarda. Lo cierto es que el par de egoístas que me engendró vive hasta el día de hoy; son mi supuesta tía Héloïse, la misma que me dejó en ese convento, y… — titubeó a la mitad, decidiendo que no le daría crédito a quien aborrecía, por lo que se reservó su nombre — un hombre de cuna como la tuya. El infeliz la abandonó apenas supo que estaba preñada; ni soñando se hubiese casado con una mujer sin linaje ni fortuna.

Sólo quien hubiese bebido el primer sorbo de agua luego de agonizar de sed hubiese comprendido el alivio que sintió Maëva tras su confesión.

Miró a Rémy desde abajo y se quedó leyendo su reacción.

Ya está. Esta es mi verdad. No me siento orgullosa de ella, pero si alguien merecía conocerla, ese eras tú. ¿Todavía deseas que estemos juntos?

Añadió otra pregunta, esta vez con un tono más afectuoso:

¿Querrías besar otra vez a esta cría sin raíces que tienes en los brazos?


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Sonríe, que el pan que necesité ayer, hoy ya lo tengo:
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