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PARÍS, FRANCIA
AÑO 1842

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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Mensaje por Zane Kovacs Vie Dic 17, 2021 1:40 pm

Zane jamás se imaginó que podría extrañar tanto París, especialmente cuando sus visitas a la ciudad siempre fueron cortas y, en su mayoría, por motivos de negocios, pero después de un par de meses en Rumanía y un par de semanas en Londres, en ambos casos atendiendo temas políticos asociados a la corona, realmente se sintió feliz al pisar tierras francesas, donde todavía podía tener cierta libertad, sin que la guardia real siguiera cada uno de sus pasos. Hasta ese momento ni siquiera se había dado cuenta que la ciudad realmente le gustaba.

Apenas llegó, luego de asentarse en casa y contarle a su madre con lujo de detalle todo lo sucedido en Rumanía, lo primero que hizo fue visitar el hogar de los Leroux con intención de ver a su prometida, quien dejó de responder sus cartas hacía ya algunas semanas; sin embargo, quien lo recibió fue Phillip, el padre de la joven, entregándole el anillo que pusiera personalmente en el dedo de Elizabeth la primera vez que la vio. No podía decir que sintiese decepción al enterarse que finalmente el hombre decidió liberarlo del compromiso con su hija que había pactado hacía tantos años con su viejo amigo, pero sí que lo sorprendió.

Cuando preguntó por el motivo de su cambio de parecer, este simplemente le respondió que, aunque podía apreciar el enorme esfuerzo que ambos estaban haciendo por mantener la palabra de sus progenitores y llevarse bien entre ellos, sabía que ninguno era feliz con el arreglo y que, si ese sueño que ambos padres tuvieron en su juventud de convertirse en familia debía ser, el destino terminaría uniéndolos de una manera u otra. En el momento simplemente asintió hacia el mayor, pero en su interior sabía que sin aquel compromiso pactado no había nada que pudiera unirlos a él y Elizabeth, no tenían nada en común, esa era la realidad. Sin resentimientos, se despidieron aquel día, volviendo a ser únicamente socios comerciales.

Sabiéndose libre de una de tantas responsabilidades que cayeron sobre sus hombros en tan corto tiempo, llegó incluso a sentirse culpable por el alivio que lo invadió. Pero este alivio no duró demasiado tiempo, pues supo entonces que, si no era la joven Leroux, el congreso rumano se encargaría de buscarle una esposa adecuada para reinar a su lado. Se alegró de que Elizabeth pudiera tener la libertad de vivir la vida a su manera, pero maldijo su suerte, pues con ella al menos ya había llegado a un punto en el que sabía que podrían llevarse bien. Suspiró no queriendo preocuparse excesivamente antes de tiempo y se marchó del lugar con un peso menos qué cargar.

De eso había transcurrido apenas una semana y todavía tenía muchos pendientes que atender, tanto políticos como mercantiles, antes de poder regresar a Rumanía definitivamente. Esa noche en particular, el pilar de su agenda se centraba en el baile de gala anual celebrado en el Palais-Royal con motivo de la navidad. Sólo la realeza e importantes miembros de la clase alta eran invitados, una tradición iniciada en Francia y que comenzaba a expandirse por Europa, pero tan famosa era la celebración del Palacio Royal que muchos invitados extranjeros viajaban en aquella época exclusivamente para asistir tanto a ese evento como al de año nuevo. Su familia había sido invitada muchas veces en el pasado y siempre creyó que era por la importancia de los negocios Blackwood en Francia, ahora se daba cuenta que en realidad era la nobleza de la sangre Kovacs la que abría muchas puertas para él y su familia incluso desde antes de que conociera la verdad completa respecto a sus orígenes.

Tras la cena, los invitados comenzaron a dispersarse, formando pequeños grupos de conversación. Ese era usualmente el momento que más temía de la noche, porque era cuando una horda de madres lo acosaban queriendo lanzarle a sus hija a los brazos, pero en esta ocasión era diferente. Con la realidad de la cancelación de su compromiso al descubierto, esas mismas mujeres se encogían cada vez que pasaban a su lado. ¿Qué se imaginaban que había hecho para provocar la cancelación? Era un misterio, uno que no sabía y no quería saber. Funcionaba para librarse de tener que bailar toda la noche con jovencitas que ni siquiera conocía y eso era todo lo que le importaba. Claro que, a eso ayudaba que su coronación se mantuviera aún en secreto, de no ser así le habría sido imposible asistir, las madres quizás se habrían mantenido alejadas por respeto, pero entonces habrían sido los padres quienes lo acosaran, buscando uniones de conveniencia. Aprovechó entonces aquella especie de anonimato del que podía disfrutar, y se unió a un pequeño grupo de hombres jóvenes que conversaban activamente de negocios, inversiones y política.

Cuando el baile inició y el centro del salón comenzó a llenarse de parejas danzando al ritmo de la alegre música, uno a uno el grupo se fue disolviendo, dejándolo solo en una esquina, simplemente bebiendo moderadamente y reflexionando sobre lo vivido durante el último año. Su madre, por otro lado, como pez en el agua, parecía estar exactamente donde pertenecía rodeada de muchas otras mujeres quienes admiraban su estilo y buen gusto, o simplemente consultaban su opinión en temas de interés. Otro de esos detalles que ahora lograba comprender mucho mejor de lo que habría hecho sólo un año atrás.

Faltaba una hora para que fueran las doce y, dado que un gran grupo de invitados se encontraban bailando en el centro del salón, el resto quedó considerablemente despejado, quedando por fuera las personas mayores, los niños pequeños y otros pocos inadaptados o asociales como él. En un momento en que su mirada se cruzó con la de su madre aún en la lejanía, ésta le dedicó una mirada que comprendió perfectamente sin necesidad de palabras, casi podía escucharla en su mente regañándolo por estar parado en solitario cuando había a su alrededor algunas jóvenes mujeres que miraban con anhelo a la pista de baile deseando poder unirse. Conocía a algunas de ellas y sus respectivas familias, por lo que no tenía excusa siquiera.

En un rápido recorrido visual al resto del salón, la vio. La única persona en todo el lugar que parecía incluso más fuera de lugar que él, como si deseara estar en cualquier otro lugar que ahí, y especialmente fuera de aquel pomposo vestido. En principio le causó curiosidad pues consideraba que se veía hermosa, y una mujer tan bella generalmente nunca se quedaba sin invitaciones a bailar. Se acercó a ella con paso calmo pero decidido, tal vez porque presentía que lo rechazaría que la eligió a ella, aún siendo una desconocida. Después de ser rechazado no podrían reclamarle por no haberlo intentado.

Cuando estuvo ya cerca, se plantó frente a ella, y pudo verle bien el rostro cuando subió la mirada hacia él. Zane se quedó entonces estático, inmóvil como una estatua, por la sorpresa. – ¿Danerys? – El nombre se deslizó tan fácilmente de su boca como si no hubiera pasado un sólo día desde la última vez que se vieron, y se había cumplido ya una década al menos. Todo lo que notó antes creyéndola una desconocida, comprendió que era la realidad, ella nunca disfrutó mucho de esos eventos, ni siquiera le gustaba usar vestido, aquello debía ser una tortura para ella, eso si es que no había cambiado demasiado en ese tiempo. Él, de un modo u otro, aunque no le gustasen estos eventos, terminó acostumbrándose a ellos y aprendiendo a disfrutarlos a su manera.

Hacía ya años que dejó de preguntarse cómo estaría o qué sería de su vida, la imaginaba casada y probablemente con algunos hijos, la imaginaba feliz y eso lo dejaba tranquilo. Ahora, viéndola allí sola, todas las dudas que por mucho tiempo lo acosaron y que logró aplacar, volvían a revolverse en su interior junto con los recuerdos.

Sus respectivos padres fueron socios y amigos durante mucho tiempo y, aunque él le llevaba 10 años, siempre se llevaron bien. Solía jugar con ella cuando era sólo una cría, correteándola por los jardines mientras ella corría y reía con la alegría característica de los niños. De acuerdo a como fueron creciendo, él se fue asentado y haciendo más serio en consecuencia a sus responsabilidades. Durante un tiempo sus caminos se separaron y, para cuando volvieron a encontrarse, ella ya era una mujer, una muy atractiva sin lugar a dudas. Por más que en el momento intentó negarlo, incluso para sí mismo, los sentimientos que guardaba hacia ella dejaron de ser fraternales para convertirse en algo más primitivo. Danerys era su amiga, la única mujer aparte de su madre con la que alguna vez se sintió lo suficientemente cómodo como para ser él mismo a su alrededor. De cualquier forma, ella jamás lo vio de esa manera, él era simplemente ese amigo con el que también podía ser natural, olvidarse de cómo se debía sentar o comportar y simplemente ser ella misma. Luego ocurrió su transformación y desde entonces no volvió a verla.

Sintiéndose levemente incómodo, perdió el impulso con el que llegó frente a ella, pero logró recomponerse rápidamente, al menos en el exterior pues internamente era un remolino de emociones y recuerdos, lo suficiente para mostrarse relajado. – Han pasado diez años y no has cambiado ni un poco. Podría apostar lo que sea a que ya tienes al menos tres planes de cómo escaparte de aquí apenas sean las doce. – Imaginarse a la jovencita que una vez fue saliendo a hurtadillas por la puerta de la cocina hacia el exterior no era difícil, pero hacerlo con la visión de mujer elegante y refinada que tenía enfrente se le hacía imposible. Aunque no dudaba de sus capacidades. – ¿Le concederías el honor de un baile a un viejo amigo? – Preguntó extendiendo hacia ella su mano.


Última edición por Zane Kovacs el Sáb Ene 22, 2022 9:02 pm, editado 2 veces


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Mensaje por Danerys Garnert Dom Ene 16, 2022 2:55 pm

Todavía no podía creerme el haber aceptado acompañar a padre a uno de esos estúpidos bailes a los que, tanto madre como él, acudían cada año por las fechas en las que estábamos. Como hacía ya unos años las últimas semanas de Diciembre se celebraba en al palacio royal una fiesta en honor a la Navidad, una tradición que según tenía entendido llevaba generaciones realizándose y que ya comenzaba a expandirse por el resto de Europa. Cabía decir que a mis padres siempre les había gustado dicha fiesta ya que era una muy buena manera de codearse con otra gente de la clase alta lo que, para ellos, era beneficioso ya que era una oportunidad perfecta para obtener nuevas ventas o adquirir socios que quisieran invertir en la empresa que mi padre tenía. Una la cual hacía años quiso que yo siguiera pero, tras los últimos acontecimientos ocurridos con dicho vampiro, ahora tenía dinero más que de sombra –gracias a una generosa herencia- así como la finca en la que llevaba unos meses viviendo y poniendo en orden, contratando personal para que volviera a su pleno funcionamiento. Viñedos de los cuales podría obtener un negocio del vino que se vendiera en un tiempo, del que podría obtener unos beneficios pese a que no me haría falta con la herencia que me dejó el vampiro. Y sin llegar a casarnos, aunque a punto estuvimos. Cada vez que lo pensaba no podía evitar que la rabia me recorriera por haber sido tan estúpida, y tan imbécil, como para caer en ese juego retorcido… hasta el punto de aceptar el matrimonio. Claro que el vampiro tampoco es que me lo dejase fácil porque de su dinero, de lo que él poseía, mi padre sacaba una ganancia que ayudaría a unos tratos que necesitaba para reflotar su empresa. Dichos tratos se llevaron a cabo pese a que no se llevó a cabo la celebración de la boda de igual manera que dejó todo a mi nombre, antes de desaparecer sin dejar rastro. De eso hacía ya dos meses en los que no había parado de trabajar en la finca y de, alguna que otra noche, salir de cacería para aliviar todo el estrés así como la rabia que todavía tenía acumulada por lo sucedido. Ya que si solo hubiera sido eso, si todo hubiera quedado así, no hubiera existido ningún problema… sin embargo sí lo hubo cuando mi hermano murió aquel día por el ataque de unos enemigos del vampiro. Asumir su pérdida era algo que todavía me costaba incluso después de los dos meses transcurridos, lo peor de todo –o lo mejor- es que mis padres no recordarían jamás a ese hijo ni el dolor de su pérdida. Pero yo sí. Quizás como castigo o penitencia por haber sido en parte mi culpa y no acabar con la vida del vampiro como tendría que haber hecho la primera noche, quizás motivo por el que este decidiera marcharse sin dejar rastro. Por ello es que ahora me encontraba en aquella dichosa fiesta con un vestido demasiado pomposo para mi gusto, elección cómo no de mi madre, sonriendo y portando esa máscara que durante años se me había dado tan bien fingir en reuniones o fiestas como aquellas.

Tras la cena y los pequeños corrillos que se formaron de pequeños grupos vino lo peor, la parte que yo más odiaba; el dichoso baile. Que acudiera a la fiesta por petición de mis padres era una cosa pero otra, muy diferente, es que fuera a bailar con todo aquel que me lo pidiera solo porque “podía ser mi oportunidad”. No. Ya tuve demasiado con el vampiro como para querer repetir la experiencia. Por mucho que mi madre me lanzara miradas desaprobatorias rechace tras rechace a todos aquellos que me pedían bailar… no iba a ceder ni un ápice. De hecho ya estaba buscando las formas de marcharme de aquel salón sin que se notara demasiado mi huida, tenía varias opciones en mente, bastaba con pasar desapercibida unos minutos para lograrlo… siempre y cuando dejaran de venir candidatos para obtener un baile conmigo. Cómo odiaba aquellos bailes pomposos llenos de hipocresía y de oportunistas, no entendía cómo a mi madre le encantaban… claro que verla hablar con sus “amigas” cuchicheando era más que una buena pista. Suspiré quedando relegada a uno de los lados en lo que contemplaba aquel balcón que se me antojaba perfecto para poder escaparme, no es que me importara demasiado cómo quedara el vestido y todo cuanto quería hacer era marcharme de allí. La música seguía sonando de fondo con la pista de baile llena de parejas que de seguro se prometían todo aquello que jamás llegarían a cumplir, ni siquiera centré mi atención en ellos cuando de reojo observé que alguien se acercaba en mi dirección… aunque hice como que no me daba cuenta. Agaché la vista pensando que, de esa manera, pensaría de primeras que no estaba interesada antes de tener que lanzar otra negativa como había sucedido en varias ocasiones durante la noche. «Por favor, otro más no» Fue lo que pensé deseando que diera media vuelta o, mejor, se buscara a otra de las jóvenes que seguro esperaban a que alguien las sacara a la pista a bailar. Para mi desgracia no es que tuviera la sensación de parar y cuando apenas quedaban un par de pasos para alcanzarme, se paró. Intrigada ya que no decía nada ni tampoco hablaba es que elevé la mirada para posarla en su rostro y, en ese momento, fue que la sorpresa me embargó por completo. Era él, sin lugar a dudas. Reconocería aquel rostro por más que pasaran los años sin vernos como era la ocasión, no podría olvidarlo aunque quisiera. Como yo a él también parecía sorprenderle encontrarme allí ya que era algo totalmente inesperado. Un pequeño escalofrío recorrió mi cuerpo cuando pronunció mi nombre, no lo de los malos sino de esos que te aceleran el corazón sin evitarlo, casi como susurro, que me llevó a momentos pasados que habíamos compartido siendo más pequeños.



—Zane —pronuncié su nombre como hacía tanto tiempo no ocurría en una época ya pasada, donde ambos éramos jóvenes y todo era mucho más fácil. Era imposible olvidarlo ya que pasamos muchos años juntos cuando yo era apenas una niña, nuestros padres tenían negocios en común siendo socios y por ende era habitual vernos todos los días pese a la diferencia de edad entre ambos. Siempre me había gustado estar en su compañía porque lo hacía todo mucho más fácil de lo que nuestras familias lo ponían; con él no existía normas, ni reglas ni mucho menos protocolos estúpidos sobre cómo sentarse o cómo coger un cubierto. Había total libertad para ser quienes éramos sin tener miedo a exponernos o ser juzgados, eso era de lo que más me gustaba estar con él. Aparte de que era mí mejor amigo siempre haciendo alguna travesura o locura –incitada casi siempre por mí- las cuales nos caía algún que otro castigo. Zane conocía también a Matthew -aunque fue unos años más tarde- e incluso nació una amistad entre ambos, pero las cosas nunca eran iguales con mi entrenador que con Zane… con él siempre eran diferentes. Puede que se debiera al hecho de que en cierta parte –gran parte- mis sentimientos fueron en una dirección más allá a la amistad entre ambos cuando años más tarde de ser una niña nos encontramos, contaba con veinte años y lo que de pequeña sentía como devoción o admiración por él... se convirtió en algo mucho más profundo. Sentimientos que guardé en un silencio que callé como el mejor de los secretos por miedo a que todo cambiara entre ambos pues nunca vi, o escuché, algo que me hiciera pensar que él tenía esos mismos sentimientos que yo. Tras ese breve encuentro años más tarde ya no volvimos a saber nada el uno del otro aunque siempre pensé que, siendo como era, no tardaría en encontrar la mujer que lo hiciera feliz para formar su propia familia. Fue una época complicada en la que mis sentimientos fluctuaron entre Zane y Matthew pero que mi entrenador supo diferenciar bien dándose cuenta que todo era por “despecho”, o como él llamaba “un mal de amores”. Jamás hubo nada entre ambos porque él no dio el paso y porque entendía que todo nacía a raíz de la partida de mi mejor amigo, a esas alturas agradecía su parte mucho más madura para no cometer un error entre ambos. Aunque las noticias que nos habían llegado –que mi padre me había hecho llegar- sobre Zane no eran las que yo imaginé o tenía en mi cabeza; se había convertido en el rey de Rumanía. Rey. Mi padre no mencionó nada de que estuviera casado aunque con dicho cargo no dudaba, en absoluto, que tuviera algún compromiso previo. Volviendo al presente centrándome en él no pude evitar reír levemente entre dientes— tú estás igual que hace diez años, un poco más alto y con más cuerpo, pero tienes el mismo rostro de antaño —elevé la comisura de mi labio y toqué con mi índice mi nariz, haciéndole ver que había acertado— he encontrado hasta cuatro maneras diferentes, una de ellas un tanto arriesgada pero ¿qué es la vida sin emociones fuertes? —Zane era la persona junto a Matthew que mejor me conocía, daba la sensación que pese a los años transcurridos seguía siendo así. Su pregunta hizo que lo mirara por unos segundos, con una ceja alzada, ya que él bien sabía lo mucho que odiaba esas fiestas y en especial esos bailes— ¿y privar a las demás jóvenes de bailar con el hombre más apuesto de la sala? ¡Por supuesto! —Aunque odiaba esos eventos o bailar pero con él las cosas siempre adquirían un matiz diferente. Elevé mi mano hasta posarla sobre la suya aferrándola para sentir ese calor que desprendía pero, más que eso, un calor que me agitó como hacía demasiado tiempo que no ocurría. Que me había negado a sentir. De su mano atravesamos el lugar hasta alcanzar la pista de baile donde, quedando frente a frente con su mano en mi cintura y la mía en su hombro, aferrados con la otra, comenzamos a movernos por la pista— ¿no temes que te pise y acabar con los pies doloridos? —Lancé la pregunta con una sonrisa ladina, divertida más bien, mientras nos movíamos por la pista al ritmo de la música— ¿debería de haberte saludado con una reverencia? Creo que he incumplido el protocolo, otra vez —con ese comentario le hacía saber que conocía su actual posición en la monarquía, un título que jamás esperé escuchar que pudiera tener. Mientras bailábamos y en esa pista desaparecía todo a nuestro alrededor; solo estábamos él y yo.


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Mensaje por Zane Kovacs Sáb Ene 22, 2022 10:44 pm

El licántropo pudo ver en los ojos femeninos el reflejo de la sorpresa que sintió al verla. Danerys tampoco esperaba encontrarse con él, pero le alegraba saber que al menos no lo odiaba, por el contrario, parecía también se alegraba de verlo. Fueron muchos los años que la evitó, al principio para protegerla de lo que se había convertido, y luego… Luego por puro instinto de autopreservación. Ella era la única mujer que había hecho su corazón desbocarse, la única a la que realmente había deseado, pero sabiendo que no era correspondido, prefirió mantenerse tan lejos de ella como le fuera posible. No porque no apreciara su amistad, todo lo contrario, temía arruinarla con sentimientos que sencillamente no podrían ser.

Después de tanto tiempo, pensó haberla superado ya, pero bastó que ella pronunciara su nombre con aquel tono bajo y sorprendido, para que se le erizaran los vellos de la nuca. intentó convencerse de que era únicamente por el recuerdo de aquellos lejanos sentimientos y no porque todavía sintiera algo por ella. Debía ser de esa manera. – Me halagas, pero con cuarenta años ya encima, uno comienza a sentirse viejo y cansado. – Y no era mentira, especialmente porque incluso a su edad todavía seguía recibiendo sorpresas, pesadas cargas y enormes responsabilidades con las que no contaba previamente. A decir verdad, estaba agotado, aunque fuera por esa noche quería olvidarse de quién era y de todo el peso que cargaba sobre los hombros. Quizá por eso, a pesar de que conocía el tedio que sentía Danerys hacia esas fiestas e incluso los bailes, la invitó a bailar. Tal vez, por un rato, podrían ser sólo dos personas normales, disfrutando de las cosas que todos los demás disfrutaban.

Por suerte para él, la chica no lo rechazó. Fue así como terminaron ambos girando al ritmo de la música en medio de la pista de baile. Para Zane, contrario a Danerys, el baile resultaba una actividad refrescante en comparación con el resto de aquellas veladas, quizás hasta divertida, simplemente prefería evitarlo porque la jovencitas tendían a malinterpretar sus invitaciones con proposiciones de matrimonio, y ya se había aburrido de tener que estar rechazándolas. Todo por un simple baile. Con ella, su amiga de la infancia, sabía que no habría malos entendidos, de hecho, tal vez le habría sido de gran utilidad aquel conocimiento en otro tiempo. ¿Podría haber servido eso en el pasado con ella? ¿Podría haberle hecho entender sus sentimientos sólo con un baile? A esas alturas ya no tenía importancia pues sabía que ella no sentía nada por él, pero le hacía preguntarse ¿Qué habría pasado si…?

– En absoluto. Estoy totalmente convencido de que vas a pisarme incluso aunque tengas que forzar un “accidente”. – Respondió de la misma forma divertida, viendo llegar el pisotón aunque fuera sólo por venganza a su comentario. – ¿Lo ves? – Y entonces rió, como si no hubiera pasado el tiempo desde el primer momento en que descubrió lo que sentía por ella, y maldijo para sus adentros. Pero eso no fue nada en comparació a lo que sintió cuando ella hizo una discreta referencia a su recién adquirido título, cuando se tensó visiblemente y su expresión se endureció. No estaba molesto con ella, en absoluto, pero sí que deseaba saber cómo demonios había llegado dicha información a sus oídos. El motivo por el que se había sentido relajado en París era porque, en teoría, su coronación aún no era de conocimiento público. Si ella lo sabía, ¿Quién más podría saberlo?

Miró a su alrededor en ese momento, por encima de la cabeza de su compañera de baile. De repente, sentía que todas las miradas estaban sobre él. ¿Podía estar siendo paranóico? Seguramente, de igual forma esperaba que la noticia no siguiera esparciéndose por toda la ciudad, de lo contrario no podría concluir con igual calma todos sus pendientes y sería forzado a regresar antes de tiempo. – ¿Cómo te has enterado? – Preguntó, aunque se arrepintió de inmediato pues sólo había una respuesta posible: su padre. La verdadera pregunta allí era, ¿Cómo se enteró él? Y entonces lo supo: Phillip Leroux.

Como padre de su anterior prometida, no se lo habría comentado, pero dado que también era un importante socio y también había sido un gran amigo de su padre, creyó conveniente dejarle saber por él mismo el motivo por el que ya no podría venir a París con tanta frecuencia como antes en lugar de esperar a que se enterara por la prensa. Lo que no esperó es que fuera a soltar dicha información. Ahora, si lo pensaba con detenimiento, para Elizabeth seguro era una tremenda publicidad el haber rechazado a un Rey. Sintió en ese momento un odio tan profundo que la bestia en su interior deseó la cabeza del hombre sobre una bandeja. ¿Podría ser por eso que todas las madres de jovencitas casaderas lo habían esquivado toda la noche? No era como que extrañara tal acoso, pero sí que le pareció extraño desde el principio.

Al bajar de nuevo la mirada hacia la joven en sus brazos, su mirada se relajó. No habría querido que ella se enterara, no quería que lo tratara diferente, y aunque su comentario había sido una broma, realmente esperaba que no lo hiciera. – No me trates diferente por eso, por favor. Título o no, soy el mismo de siempre, y tú la única con quien siempre he podido ser yo mismo. – Habló bajito para no llamar la atención de nadie más en el remoto caso de que todo el salón no supiera ya quién y qué era. No quería que ella cambiara con él, nunca, principal motivo por el que nunca se arriesgó a declarar sus sentimientos. Prefería su amistad sincera que arriesgarse a perderla, y estaba convencido que lo haría, por la inexistente posibilidad de algo más. Y la conocía lo bastante bien para saber que un título, ni siquiera como Rey, la tentaría a casarse con alguien a quien no amaba. Esa no era la Danerys que conocía.


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